Por Jorgeá Sánchez-Vargas

Mientras los colombianos eligen Senado y Cámara este domingo 8 de octubre, también empiezan a definirse los candidatos y las fuerzas políticas que disputarán la Casa de Nariño en mayo próximo.
Como cada cuatro años, cuando llegan las elecciones legislativas, Colombia revive una escena conocida: la sensación de que esta vez sí podría empezar algo distinto. Es una ilusión que se parece mucho a la del primero de enero, cuando aparecen propósitos de que vendrán los cambios que el año anterior dejó pendientes.
El domingo se vuelve a la cita definitiva con las urnas para elegir un nuevo Congreso de la República. Sus nuevos integrantes tendrán la responsabilidad de legislar durante los próximos cuatro años. En este instante, la campaña, como siempre, ofrece un retrato del país político.
Están los candidatos con trayectoria que hablan de su experiencia y de los años que llevan recorriendo los pasillos del Capitolio. Están los jóvenes que llegan con la urgencia de cambiarlo todo. Aparecen también quienes reivindican su origen humilde y recuerdan que vienen “de abajo”, mientras otros cuentan con estructuras políticas que vienen “de arriba” y con suficientes recursos para hacerse visibles.
Hay hombres y mujeres de distintas edades y profesiones. Algunos con ideas claras y propuestas elaboradas. Otros con más votos que argumentos. La democracia, al fin y al cabo, también es ese mosaico: entusiasmo, promesas, convicciones… y, a veces, improvisación.
Pero sería un error creer que estas elecciones son solo una competencia más por ocupar una curul. El Congreso no es un escenario menor. Allí se aprueban o se bloquean reformas que afectan la economía, la seguridad, la justicia y la vida cotidiana del país. Allí se decide, muchas veces, si un presidente puede gobernar con estabilidad o si queda atrapado en el laberinto de las mayorías imposibles
Por eso las elecciones legislativas tienen un significado político que va más allá de la simple aritmética parlamentaria. Cada senador y cada representante que resulte elegido será también una pieza del engranaje político que se activará en la próxima campaña presidencial. Los congresistas no solo legislan: organizan campañas, movilizan votantes, construyen alianzas y terminan convirtiéndose en parte del músculo político de los candidatos que aspiran a gobernar Colombia.
Esta vez, además, la jornada electoral tiene un ingrediente adicional. Junto con la elección del Congreso, los ciudadanos también podrán participar en tres consultas interpartidistas destinadas a definir candidatos presidenciales. Mientras se cuentan los votos para Senado y Cámara, varios sectores políticos estarán resolviendo quién llevará sus banderas en la carrera hacia la Casa de Nariño.
Eso convierte la jornada electoral en algo más que unas elecciones legislativas. Los perdedores pueden terminar ganadores. O viceversa. Será, en realidad, el primer capítulo visible de la contienda presidencial.
El politólogo italiano Giovanni Sartori advertía que en democracia las instituciones no funcionan solo por sus reglas, sino por la calidad de quienes las ocupan. Dicho de otra manera: las leyes pueden ser excelentes, pero su destino depende siempre de quienes tienen el poder de aplicarlas.
Tal vez por eso estas elecciones importan más de lo que muchos creen. Porque votar por un senador o por un representante no es solo elegir a quien ocupará una curul. Es también contribuir a definir el equilibrio de poder que tendrá el país en los próximos años y el tipo de Congreso que acompañará —o confrontará— al próximo presidente.
Las urnas responderán con números. Pero el verdadero significado político de esos números comenzará a revelarse desde el mismo momento en que se conozcan los resultados. Porque el domingo no solo se elige el Congreso. También empieza a dibujarse el mapa político del país que intentará gobernarse desde la Casa de Nariño en otros cuatro años.
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