En Colombia las encuestas deciden por usted

Por Guillermo Solarte Lindo

Hay algo inquietante en esta campaña presidencial colombiana. No es el tono, ni la polarización. Es la sensación de que la carrera electoral fue reducida antes de comenzar. Bastaron tres, cuatro o seis encuestas para delimitar el campo de lo posible.

De un conjunto amplio de aspirantes, la escena quedó concentrada en unos pocos nombres “viables”: Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia. Los demás no desaparecieron; simplemente dejaron de contar.

No porque hubieran sido derrotados políticamente, sino porque dejaron de figurar en la representación dominante de la competencia. Ahí se produce un desplazamiento silencioso pero decisivo: la pregunta deja de ser quién propone mejor, y pasa a ser quién tiene derecho a estar en la contienda.

Y esa decisión ya no se toma en el debate público, sino en un circuito donde se cruzan mediciones, interpretaciones y amplificaciones mediáticas. La política queda así, en buena medida, en manos de periodistas y estadísticos; Medios que contratan las encuestas, las divulgan y eligen lo expertos para interpretarlas.

La ciudadanía se ve desplazada de sus propios intereses; y los expertos terminan dándole manivela a lo que, en términos amplios, se presentan como polos opuestos: derecha-izquierda, pero que no es otra cosa que Uribismo/Petrismo, es decir: un nuevo bipartidismo. ¿a quién le interesa esto?

¿Al capital? ¿Al pueblo? ¿A la democracia? ¿A los políticos? ¿A los medios?

No estamos, entonces, frente a una medición de la competencia, sino ante su configuración. El campo político no se abre: se delimita. Las encuestas, que en principio deberían registrar un estado de opinión, empiezan a cumplir otra función: organizar la realidad.

No solo informan sobre la competencia, sino que la reordenan. Lo que aparece como dato termina funcionando como criterio de existencia política. Y así, sin necesidad de excluir formalmente a nadie, se establece un filtro que define quién cuenta y quién no. Pero no son las encuestas, en sí mismas, las que producen este efecto, sino la interpretación que de ellas hacen periodistas y expertos, y su circulación como relato legitimado.

El caso de Sergio Fajardo resulta ilustrativo, o Claudia López, su presencia difusa no es simplemente el resultado de una debilidad individual, sino también el efecto de ese filtro. No hace falta sacarlos del escenario; basta con que no aparezcan en la narrativa de los “que van adelante” para que su relevancia se diluya. La narrativa ya está elaborada desde los medios.

Ellos, los medios, inciden directamente en la contratación de las encuestas, en su análisis y en la promoción de sus resultados, es decir, en la construcción del relato legitimado en porcentajes y en la ficha técnica. Este asunto no es nuevo; se repite cada cuatro años. Y, sin embargo, se presenta como necesario para la democracia.

No se trata de una conspiración. Es un mecanismo que funciona porque alinea intereses: medios que necesitan simplificar, expertos que legitiman técnicamente, campañas que se adaptan a ese marco y ciudadanos que reaccionan dentro de él. Su eficacia no depende de su intencionalidad, sino de su capacidad para estabilizar una versión de la realidad.

Pero este proceso no se detiene ahí. Al reducir el número de opciones, el escenario comienza a reorganizarse en torno a dos grandes bloques. No es una decisión explícita, sino una consecuencia casi automática de la simplificación. De un lado, el universo asociado al petrismo; del otro, el que se reconoce en el uribismo. Y en ese punto, la campaña y el debate cambian de naturaleza.

Ya no se trata tanto de elegir un proyecto como de evitar otro. El voto empieza a estructurarse como rechazo. No se apoya una propuesta porque convenza, sino porque impide que la otra se imponga. Es en ese sentido que la política se vuelve un reflejo: ante la presencia de un adversario construido como amenaza, la respuesta se activa casi de manera automática. No hay mucho espacio para la deliberación; hay una reacción inducida.

En ese marco, el debate se empobrece. No porque falten temas, sino porque los temas que exigen complejidad quedan desplazados. La corrupción deja de ser un problema estructural para convertirse en arma arrojadiza. El narcotráfico, que organiza territorios y economías, se reduce a consigna. La ilegalidad y la informalidad, que sostienen buena parte de la vida cotidiana, apenas aparecen. Las múltiples violencias que atraviesan el país no logran competir con la lógica del enfrentamiento.

No es que estos problemas desaparezcan. Es que dejan de ser discutidos con la profundidad que exigen. La dinámica de la campaña privilegia aquello que puede simplificarse rápidamente, lo que permite ubicar al adversario en una posición clara y movilizar emociones inmediatas. Lo demás —lo que requiere matices, tiempo, elaboración— pierde visibilidad.

Por eso se produce una paradoja difícil de ignorar: mientras la conversación política se intensifica, el país concreto —con sus tensiones, sus contradicciones y sus desafíos— se vuelve cada vez más borroso. En este punto, la pregunta deja de ser solo política y se vuelve también ética.

Umberto Eco planteó alguna vez una inquietud que hoy resulta inevitable: ¿qué debe hacer un intelectual cuando su casa se está quemando?. La pregunta no admite refugios cómodos. Si el incendio es evidente, limitarse a describirlo no es una forma de neutralidad, sino una manera de permanecer al margen de sus consecuencias.

La distancia crítica, en contextos como este, puede convertirse en una forma de evitar la incomodidad de tomar posición. Y ese evitar no es inocuo: contribuye a que el proceso siga su curso sin mayor resistencia. Pero la interpelación no se dirige solo a los intelectuales. También alcanza a los ciudadanos que no se reconocen en esta lógica de confrontación. A quienes no quieren alinearse, ni votar movidos por el rechazo. Ese ciudadano existe, pero rara vez aparece en las encuestas o en los relatos dominantes.

Una de sus posibles expresiones es el abstencionismo. No necesariamente como desinterés, sino como una forma de distancia frente a una oferta que no lo representa. Sin embargo, esa retirada tiene un efecto ambiguo. No interrumpe la dinámica del enfrentamiento; la deja más despejada. Al reducir las voces disonantes, la confrontación se vuelve más nítida, más cerrada sobre sí misma.

Si se mira hacia atrás, este mecanismo no es nuevo. Hace ocho años, la campaña se organizó alrededor de un miedo específico: el “castrochavismo”, la idea de una deriva hacia Venezuela, la amenaza sobre el acuerdo de paz. No se discutió tanto el país como el escenario que se quería evitar. Hoy no sabemos si el contenido será el mismo, pero sí podemos preguntarnos si la lógica se repetirá. O si la consigna de hacer trizas el acuerdo de paz cambiará hacia hacer trizas la reforma rural.

Cuando la competencia se estructura como una confrontación entre dos bloques, la necesidad de construir un riesgo claro se vuelve central. No porque haya una conspiración, sino porque ese tipo de narrativa facilita la movilización. El miedo simplifica la decisión: ante la percepción de una amenaza, la prioridad ya no es evaluar propuestas, sino impedir que esa amenaza se materialice.

Por eso, más allá de cuál sea el tema dominante —la seguridad, el orden o la paz —, la pregunta de fondo es si la campaña volverá a organizarse en torno a un temor compartido. A todo esto se suma un elemento que apenas asoma en el debate: el cambio en el entorno internacional. El mundo parece moverse hacia formas más duras de organización política y económica, con énfasis en la seguridad, el control y la protección de intereses nacionales.

En un contexto así, la posición de un país como Colombia no es un asunto menor. Sin embargo, esta discusión queda eclipsada por la dinámica interna de confrontación. Se produce entonces una doble reducción: hacia adentro, una política que se simplifica en dos opciones enfrentadas; hacia afuera, un entorno que se complejiza sin que se le preste la atención necesaria.

En medio de este panorama, cabe una pregunta que rara vez se formula: qué habría ocurrido si las encuestas no hubieran jugado este papel. No se trata de idealizar un escenario sin mediciones, sino de imaginar una campaña menos predefinida. Sin ese filtro inicial, es posible que la contienda hubiera sido más incierta, menos ordenada, pero también más abierta. Que hubiera exigido escuchar más voces, confrontar más ideas, demorarse en los problemas antes de traducirlos en posiciones.

Sin la presión de los porcentajes, la discusión difícilmente habría podido concentrarse tan rápido en quién va primero y quién queda por fuera. Habría tenido que sostenerse, al menos por un tiempo, en el terreno de los argumentos. Pero las encuestas están ahí, y su efecto no es menor. No solo registran tendencias: contribuyen a fijar los límites dentro de los cuales la competencia se desarrolla.

Y es en ese punto donde la pregunta final adquiere todo su peso. Si el escenario se estrecha antes de empezar, si las opciones se filtran y el debate se reorganiza alrededor del rechazo, lo que está en juego ya no es solo el resultado de una elección, sino la forma misma en que una sociedad decide.

Porque cuando el margen de elección se reduce de ese modo, lo que se pierde no es únicamente diversidad de opciones. Se pierde, sobre todo, la posibilidad de pensar el país en toda su complejidad. Y sin esa posibilidad, la democracia no desaparece. Pero empieza a operar dentro de un margen cada vez más estrecho, donde elegir ya no es decidir, sino confirmar lo previamente definido.

Este escenario preconfigurado no solo reduce las opciones iniciales: también anticipa el tipo de campaña que se desarrollará hasta la elección presidencial. Al organizarse en torno a dos bloques —el petrismo y el uribismo—, sus figuras centrales, Gustavo Petro y Álvaro Uribe, terminan liderando no solo la estrategia, sino también la construcción misma de la realidad política.

La agenda mediática, la financiación, los ritmos de la confrontación y las acusaciones —muchas aún no visibles— comienzan a ordenarse alrededor de esa estructura. La campaña deja de ser un proceso abierto para convertirse en la ejecución de un guion ya delineado, donde incluso los conflictos parecen anticipados. (Red Internacional de Periodismo, RIP)