Semana Santa: el silencio que perdimos

Por Jorgeá Sánchez-Vargas

Hubo un tiempo en que la Semana Santa no necesitaba explicación. Las ciudades bajaban el tono, las casas se llenaban de un silencio respetuoso y la vida —por unos días— parecía detenerse para mirar hacia adentro.

No importaba cuán creyente se fuera: había una atmósfera compartida, una pausa colectiva que invitaba a pensar, a revisar, a sentir. Hoy, en buena parte del mundo occidental, esa escena se ha transformado.

La Semana Santa fue, para muchos, una temporada de turismo, de desplazamientos, de consumo. Aeropuertos llenos, playas desbordadas, agendas ocupadas. No hay nada reprochable en descansar, en viajar o en disfrutar. El problema no es el movimiento… es lo que se pierde. Porque mientras el mundo se llena de ruido, algo más profundo parece apagarse.

Blaise Pascal, un matemático, filósofo y teólogo francés decía que “toda la desgracia de los hombres proviene en no saber permanecer en reposo en una habitación”. Quizás hoy no huimos del silencio, sino porque en él aparecen preguntas que no siempre queremos responder.

¿Qué hemos hecho con nuestra vida? ¿En qué momento dejamos de escuchar lo esencial? ¿En qué punto el tener desplazó al ser?

No se trata de defender una práctica religiosa ni de imponer una forma de vivir la fe. Se trata de reconocer que, durante siglos, esta semana fue también un ejercicio cultural de introspección, un espacio donde incluso los no creyentes encontraban un respiro frente a la velocidad de la vida.

Filósofos como Hannah Arendt insistieron en la importancia de detenerse a pensar para no caer en la superficialidad de la acción automática. Y, sin embargo, hoy pareciera que pensar incomoda… y por eso se reemplaza con distracción.

El fenómeno no es exclusivo de un país. En Europa, muchas procesiones sobreviven más como atractivo turístico que como acto de fe. En América Latina, la tradición convive con una creciente lógica de mercado.

En Colombia, esa tensión es visible: mientras algunos mantienen rituales y recogimiento, otros ven estos días como una oportunidad para “desconectarse” … sin preguntarse de qué.

Y hay algo más, menos visible, pero profundamente revelador. Mientras se habla de descanso y pausa, las cifras recuerdan que ni siquiera estos días están exentos de violencia. Homicidios, riñas, excesos que terminan en tragedia.

La vida es un contrasentido. Buscamos descanso, pero llenamos el tiempo de ruido. Anhelamos sentido, pero evitamos el silencio cuando quiere aparecer. Hablamos de valores, pero los relegamos frente a la urgencia del consumo.

Y, sin embargo, en medio de ese vaivén, la Semana Santa sigue ofreciendo —para quien quiera verla— una posibilidad distinta. No necesariamente religiosa. Pero sí profundamente espiritual y humana. La posibilidad de hacer una pausa real de bajar el volumen. De escucharse.

Tal vez no se trata de volver al pasado, ni de imponer formas de fe que ya no dialogan con todos. Se trata, quizá, de algo más simple y difícil a la vez: recuperar la capacidad de detenernos.

Porque mientras el mundo corre, consume y se distrae, hay una verdad incómoda que sigue esperando en silencio. No está en los aeropuertos llenos. No está en las playas abarrotadas. No está en la agenda saturada.

Está —como siempre ha estado— en ese instante que evitamos: cuando la conciencia empieza a hablar y el ruido se apaga. Y ahí, en ese punto exacto, cada uno se encuentra consigo mismo… sin excusas. Porque el problema nunca ha sido la falta de tiempo. Ha sido, quizá, el miedo a usarlo para mirar hacia adentro.

Y mientras eso no cambie, la Semana Santa seguirá pasando… no como una pausa que transforma, sino como otra oportunidad que dejamos ir.

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