Por Elvira Sánchez-Blake

Petro y Trump sostuvieron una reunión en la Casa Blanca en la que primaron la cordura y la buena voluntad de ambas partes.
Petro llegó preparado, con ánimo conciliador y luciendo una corbata dorada. Parecía bien instruido por sus asesores. “Pórtese bien”, debieron decirle. Daniel García-Peña, embajador de Colombia en Estados Unidos, hizo un trabajo eficaz de aleccionamiento: “Deje de hablar del imperialismo y de la hegemonía capitalista”. Al parecer, el mensaje caló. Se le vio con un tono pausado y mesurado al ofrecer un balance positivo de su encuentro con Trump.
El narcotráfico fue el tema central de la reunión. En rueda de prensa, Petro afirmó haberle recordado a Trump que Colombia ha adelantado una campaña antidrogas eficaz, con incautaciones de gran envergadura. Citó operaciones recientes realizadas junto a la DEA y la inteligencia naval colombiana, que permitieron incautar 15 toneladas de cocaína, incluyendo un submarino interceptado cerca de las Azores, y sin derramar una sola gota de sangre. Señaló además que le presentó al mandatario estadounidense una lista de personas a las que denominó “capos del narcotráfico de primera línea”. Según Petro, se trata de individuos con enorme poder económico que se mueven en escenarios como Dubái, Miami y Madrid, no en Colombia ni en otros países latinoamericanos, como suele creerse. Afirmó que «los conocen las agencias de los Estados Unidos» y que deben ser perseguidos mediante una articulación internacional de inteligencia.
Aclaró que el narcotráfico opera en distintos niveles: en la cúspide están los grandes capos que manejan el negocio a escala internacional y acumulan fortunas sin ensuciarse las manos; más abajo se extienden las cadenas del tráfico, hasta llegar a los eslabones más vulnerables —los campesinos cultivadores de coca—, quienes han pagado el precio más alto en la guerra contra las drogas.
Con estas declaraciones, Petro desvirtuó de manera implícita los señalamientos que lo tildan de terrorista, narcotraficante o lunático, surgidos tras los fuertes cruces verbales que protagonizó con Trump el año anterior, cuando criticó con dureza la política estadounidense y denunció el genocidio en Gaza.
El presidente colombiano reconoció haber recibido varios obsequios de Trump: el libro The Art of the Deal, con una dedicatoria que dice “You are great”, y una gorra roja de MAGA, con la que salió orondo de la Oficina Oval. Al ser interrogado sobre si aceptar esos regalos contradecía sus convicciones, respondió que al recibir la gorra, le había agregado una “S” a la “A” de America, para subrayar que no se trata de hacer grande solo a Estados Unidos, sino a las Américas en su conjunto.
Resulta interesante observar cómo se mueven los dinteles de las relaciones internacionales. Como bien señaló Daniel Coronell, Petro no tenía muchas alternativas: debía llegar con una actitud conciliadora, porque lo que está en juego es el futuro del país. La reciente invasión de Venezuela, la amenaza permanente sobre Cuba —asfixiada por medidas draconianas de la administración Trump— y la presión de sectores de la derecha colombiana que han pedido al gobierno estadounidense intervenir para sacar a Petro del poder, como ocurrió con Maduro, cerraban el margen de maniobra.
“No se trata de dos pares”, dijo Coronell: se trata de poderes profundamente desiguales, y Petro lleva todas las de perder. En esta coyuntura, no le quedó otra que lidiar al toro con maestría: adoptar un porte conciliador y cuidar hasta el útimo detalle de la puesta en escena, incluso vestir una corbata dorada que armonizaba con la decoración de la Oficina Oval.
- Periodista y escritora residente en EE.UU.





