Por JORGEÁ SÁNCHEZ VARGAS

En el sur de Colombia, a menos de hora y media de la frontera con Ecuador, la ciudad de Pasto volvió a recordarle al país y al mundo que la cultura también es una forma de resistencia. Allí concluyó una nueva edición del Carnaval de Negros y Blancos, una de las manifestaciones más profundas de la identidad colombiana, reconocida por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
No se trata solo de una fiesta. Este carnaval es el resultado de siglos de mestizaje cultural: tradiciones indígenas de los pueblos pastos y quillacingas, expresiones europeas traídas durante la Colonia y aportes africanos que, con el tiempo, se entrelazaron para dar origen a una celebración única. Sus raíces se remontan a rituales ancestrales de agradecimiento a la tierra por las cosechas, realizados mediante danzas, máscaras y ceremonias comunitarias, según explica la historiadora Lydia Muñoz Cordero.
El relato histórico del carnaval también está marcado por la memoria de la libertad. En el siglo XIX, el 5 de enero fue reconocido como el “Día de los Negros”, cuando las personas esclavizadas reclamaron un día para celebrar su existencia y dignidad. Más tarde, en 1912, surgió el “Día de los Blancos”, consolidando un poderoso símbolo de igualdad: durante dos jornadas, todos los participantes se pintan de negro y luego de blanco, recordando que la diferencia no divide, sino que une.
A lo largo del siglo XX, el carnaval se enriqueció con desfiles, comparsas, murgas, carrozas monumentales, poesía, sátira y creatividad popular. Los hogares se transformaron en talleres colectivos y la ciudad entera en un escenario vivo donde conviven el arte, el juego, la memoria y la imaginación. Pasto, la llamada “ciudad sorpresa”, se convierte cada enero en un punto de encuentro para miles de visitantes que celebran la diversidad cultural como un valor compartido.
Este mensaje cobra especial relevancia en un territorio que enfrenta presiones de la violencia, el narcotráfico y la economía ilegal. Frente a esas fuerzas, el Carnaval de Negros y Blancos propone otra narrativa: la de la convivencia, la tolerancia y el respeto. Es una pedagogía social sin discursos, donde la calle se vuelve aula y la fiesta, un lenguaje de paz, según el historiador Germán Zarama, quien resalta su aporte a la memoria histórica y la identidad colectiva.
Al igual que en Europa, donde los carnavales celebran la historia, la fantasía y la identidad cultural en ciudades como Cádiz, Santa Cruz de Tenerife, Sitges y Madrid en España; Venecia, Viareggio e Ivrea en Italia; Niza, Dunkerque y Menton en Francia; Binche en Bélgica; Colonia, Mainz y Róterdam en Alemania y Países Bajos; Basilea en Suiza y Aalborg en Dinamarca, Pasto se transforma cada enero en un escenario de creatividad, música y fiesta.
Pero mientras los carnavales europeos se remontan a festividades paganas como las Saturnales romanas y las bacanales griegas, que combinan desfiles y música, el Carnaval de Negros y Blancos agrega una dimensión social y política: es un acto de reconciliación con la historia y un símbolo de paz en un país que lucha por recuperar territorios marcados por la violencia. La cultura no solo celebra, también construye nación y fortalece la esperanza de un futuro compartido. Opiniones y comentarios al correo jorsanvar@yahoo.com





