Marco Rubio y el paso de EE.UU. de castaño a oscuro
  • Por Alberto Morales Gutiérrez

El pasado 14 de febrero, en el marco de la 62ª Conferencia de Seguridad en Munich, Marco Rubio, el flamante secretario de Estado de Trump, pronunció un discurso que generó aplausos entusiastas en ese auditorio. La información de prensa destaca que se encontraban allí 450 altos representantes internacionales, incluyendo cerca de 40 jefes de Estado y de Gobierno, ministros de defensa y Exteriores, altos mandos de la OTAN, líderes de la Unión Europea y expertos en seguridad. ¡La crème de la crème!

Ese día y en esa fecha, quedó demostrada, de manera vívida, no solo la aterradora decadencia de eso que se conoció como “la civilización occidental”, sino la dimensión descomunal de la estulticia.

Desde luego el discurso no lo escribió Rubio. Fue la tarea de un tercero, un experto. Los gringos les dicen “speechwriter” o “ghostwriter”, son profesionales que operan como “escritores fantasmas”. Nadie los ve, pero claro que existen.

No, Rubio no tiene la capacidad reflexiva, ni la información, ni la cultura para ese abordaje. La elementalidad de Rubio, su ignorancia, su perversidad encubierta y su prodigiosa orientación al mal, es lo que lo hace tan “competente” a los ojos de Trump. La verdad es que su historia es una maraña de relaciones familiares, políticas y personales, cuyos prontuarios delictivos cubren un espectro que no está únicamente asociado al narcotráfico, sino al lavado de activos y otras operaciones oscuras.

De origen cubano y casado con una hija de colombianos, Rubio se movió como pez en el agua, desde su infancia, por los médanos de esa Miami de los años 80 y 90 del siglo pasado, cuando la marihuana y la cocaína determinaban en Florida, la vida económica, política y social. Su cuñado, Orlando Cicilia, hacía parte del estado mayor de Mario Trabue, el “number one”, el capo de todos los capos. Cicilia fue condenado a 25 años por tráfico de drogas. Rubio, ya un adolescente, vivió con él y con su hermana Bárbara en 1985.

Ha sido veloz su carrera política. En 1998 fue elegido comisionado de la ciudad de West Miami; el en el 2000 ganó, como republicano, la elección especial para la Cámara de Representantes de Florida y llegó al Senado de los EEUU en el 2009, en medio de un escándalo por los excesos de dinero invertido tanto en su campaña, como en la de su aliado David Rivera, quien se destacó siempre como uno de los congresistas más corruptos de su período. Un oscuro personaje, Joe Steinger, estafador de grandes títulos, fue uno de sus donantes más prominentes. Aún se encuentra en la cárcel. También estuvo ligado a Alan Mendelsohn, de ingrata recordación y a Jaime Rey Albornoz, un colombiano que fue acusado en el 2004 de hacer parte de un cartel de la droga.

Y ni qué hablar de sus relaciones con los “crazy cubans”. El republicano Mario Díaz-Balart y su séquito de personajes que, por encima de sus orígenes, se pavonean como líderes de la “línea dura” antimigratoria.

Trump adora a Rubio. Es un especimen a su imagen y semejanza: manipulador, mentiroso, arribista, fanático.

Trump y Rubio son el producto exacto del auge del capitalismo financiero y el modelo de libre mercado. Son el producto de todo lo que ese modelo decadente representa y su retorcido impacto en la deshumanización y la instauración de la ignorancia colectiva.

Es cierto que los Estados Unidos han hecho aportes innegables al pensamiento, a la ciencia, a la literatura y las bellas artes. Nombres como los de George Herbet Mead, William James, John Rawls, Donald Davison, Judith Buttler, Ann Sullivan, Noam Chomsky, Philip Rott, William Faulkner, Ernest Hemingway, Edgar Alan Poe, Emily Dickinson, entre muchos otros, dan fe de lo que ha significado esa sociedad históricamente, y representan el contraste con la acelerada carrera de retrasos desencadenados por su modelo económico.

Trump, Rubio, Musk, Epstein, y la desmesurada lista de depredadores sexuales y pedófilos que emergen de los documentos que se están haciendo públicos, constituyen la verdad intelectual de los Estados Unidos de hoy.

El título del discurso de Rubio parece premonitorio, casi una maldición. Rubio dice de Estados Unidos y de Europa que “nuestro destino nos espera juntos” y eso sí es estrictamente cierto. Su derrumbe conjunto es más que inevitable.

Un derrumbe que se construye desde su enfermiza distorsión de la realidad, para privilegiar la producción y las ganancias, sin importar la depredación de la naturaleza, pues en su intervención sentencia que “para complacer a un culto climático, nos hemos impuesto políticas energéticas que empobrecen a nuestros pueblos”. Ese “culto” ha de ser borrado de la faz de la tierra, ya que “el orden mundial basado en normas – una expresión manida- suplantará el interés nacional…” y esas normas son inadmisibles. Es casi risible que un hijo de inmigrantes cubanos, como Rubio, declare a nombre de los Estados Unidos que es “descabellado” el hecho de que “abrimos nuestras puertas a una ola sin precedentes de migración masiva que amenaza la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestros pueblos”.

Matonea, sin parpadear: “Bajo la presidencia de Donald Trump, los Estados Unidos de América emprenderán de nuevo la tarea de la renovación y la restauración” dejando claro que “estamos dispuestos a actuar solos” si Europa no lo entiende.

Esa renovación y restauración tiene, además, un enfoque confesional, pues el legado de las “tradiciones y la fe cristiana” no son negociables. Y empieza, a partir de ese momento a sumergirse en una retórica en la que reafirma el carácter sibilino de su discurso, apelando ya a afirmaciones que no son ciertas, ahora a postulados que no encajan con su actuar.

Europa y Estados Unidos, según él, comparten “una historia común, fe cristiana, cultura, patrimonio, lengua, ascendencia” (¡¿?!). Sinuoso, reivindica la genialidad de Mozart, Beethoven, Dante y Shakespeare, Miguel Ángel y Leonardo da Vinci, pero en una actitud vergonzante, se olvida del Greco, de Cervantes, Garcilaso de la Vega y Fray Luis de León. Para él, España no hace parte de Europa, según parece.

Hay que cerrar todas las puertas, aunque “nuestras primeras colonias fueron fundadas por colonos ingleses…nuestras fronteras fueron moldeadas por los escoceses-irlandeses”. Pero el culmen de su charada es cuando afirma a la manera de homenaje a los asistentes: “aquí surgieron el Estado de derecho (el Estado de las “normas” que tanto le molestan) las universidades (que en la administración Trump han sido severamente agredidas) y la revolución científica” (esa ciencia que abomina cuando habla del cambio climático, o no encaja con los postulados de la Biblia, por ejemplo)

Su afirmación es retórica embustera. El modelo Trump, parte del supuesto de que el único argumento ganador es el de la fuerza. A Trump, a Rubio y a sus áulicos, les repugna todo lo que limite sus acciones e impida la realización de los “buenos” negocios y la consecución de ganancias. El Estado de derecho no les sirve, no les sirve la universidad y la diversidad del pensamiento, no les sirve la razón. No les sirve nada que no encaje con su fe cristiana, no les sirve el consenso, solo la sumisión.

Su perorata contra las Naciones Unidas es bochornosa. En toda su relación de los “fracasos” de la ONU en los conflictos actuales, se abstiene de mencionar que son conflictos aupados por la voracidad de los Estados Unidos y la defensa de sus intereses, tanto como el hecho de que las soluciones todas, han sido neutralizadas en el Consejo de Seguridad de ese organismo, que es controlado exclusivamente por los Estados Unidos y otras cuatro grandes potencias, únicas con derecho al veto. El verdadero modelo exitoso de acción es lo que ellos hicieron con Venezuela.

Así, ese aplauso y las noticias sobre la posición “conciliadora” de Rubio o la especulación de que se le ha salido de la fila a Trump, solo demuestran la incapacidad de la dirigencia occidental de entender lo que está sucediendo en el mundo; lo que está sucediendo con sus economías; lo que está sucediendo en los Estados Unidos y lo que significa su propio y compartido estertor, su estado agónico. Rubio fue a sustentar la “doctrina Trump” sin contemplaciones, fue a amenazar, a imponer su idea envuelta en papel de seda (el trabajo de los escritores fantasmas). Fue a anunciar, de manera inapelable, que tal “doctrina” es, también, su destino común. Ellos lo aplaudieron.

*Abogado