Por Alberto Morales Gutiérrez*

Hay una paradoja con la palabra cinismo. Esta abolición de todo principio ético, esta degeneración moral, no se compadece con lo que significó el cinismo en la Grecia antigua, del siglo IV a.C.
Si hubiese que escoger una palabra que definiera el comportamiento que caracteriza a la dirigencia del mundo contemporáneo, esa palabra sería “cinismo”. Se trata de un actuar que ha adoptado además la forma de un virus. El cinismo es una plaga que se extiende desde los pasillos del poder y contamina a las gentes en sus vidas cotidianas. Es una enfermedad, una patología social.
En términos de definición, se dice del cinismo que es “la desvergüenza en el mentir, la defensa y practica de acciones o doctrinas vituperables”. También se dice del cinismo que es “imprudencia, obscenidad descarada”.
Hay que ver las reacciones que ha desencadenado la publicación de las listas de Jeffrey Edward Epstein, el archiconocido magnate financiero, traficante de niños y niñas; el violador en serie estadounidense, conocido por la creación de “paraísos sexuales” que le permitieron construir vínculos estrechos con figuras influyentes del mundo político, del mundo académico, del mundo del entretenimiento, del mundo religioso y del mundo empresarial.
Uno de ellos, Andrés Pastrana, sí, el “dechado de virtudes”, el de la célebre frase “Nhora, los niños y yo”; es el mismo Andrés que, aún por encima de las evidencias de las fotografías, los mails, las comunicaciones; mira con ojos compungidos a la cámara y dice, sin pestañear, que ese Andrés Pastrana que aparece en los documentos no es él, sino un homónimo.
Ya no hay escapatoria. Estas listas muestran el grado de descomposición de las élites del mundo, la descomposición de las monarquías, de los santones, los presidentes, los genios, los filántropos, los empresarios. Toda esa gente “decente” terminó atrapada en la trampa a la que los llevaron sus vicios y sus aberraciones mas oscuras.
Un cínico patológico como Daniel Quintero, exhibe por las redes “documentos” que “demuestran” que ya se ha inscrito en la Registraduría para participar en la consulta del “Frente por la Vida” y segundos después, la misma entidad expresa en un comunicado, que la solicitud del personajillo ha sido rechazada. Solo transcurrieron unas horas para que su esposa, una tal Diana Marcela Osorio, se pavoneara exhibiendo una supuesta carta del Partido del Trabajo de Colombia en la que la invitaban a ser candidata presidencial. Casi de manera concomitante, mientras ella “agradecía el honor” y la deferencia, se hizo pública una declaración del vocero de ese partido diciendo que la referida comunicación no fue enviada por ellos. Los cínicos mienten envalentonados, son atrapados en la mentira, y se quedan tan campantes.
Petro es un campeón del cinismo. En plena consecuencia con las instrucciones recibidas por los Estados Unidos, unge a Roy Barrera para que se le atraviese a Iván Cepeda; traiciona así a quienes lo han acompañado desde siempre. Para confundir a sus audiencias, y esquivar los impactos de haber decidido que el siniestro catalán Xavier Vendrell ingrese al equipo de Barrera como estratega de la campaña, se apresura a “rechazar” en X la decisión del Consejo Nacional Electoral (impulsada desde los pasillos del palacio presidencial) escribiendo con cinismo que “Estamos ante un golpe del CNE ante (sic) el derecho fundamental a elegir y ser elegido. Le pido a los juristas de Colombia iniciar la acción de tutela para restablecer la Constitución (sic) y la Convención Americana” . Monta a su vez una parafernalia comunicacional para hacerse ver como el gran triunfador en su entrevista con Trump (¡sí, Trump el de las listas de Epstein!), quien nunca lo trató como un jefe de Estado. Para el club de los cínicos, la distorsión de la verdad ha evolucionado con la clara intención de convertirla en “arte”.
Ni qué decir de Álvaro Uribe Vélez quien, con pose de ancianito inofensivo, reclama ser reconocido como un hombre impoluto, la expresión viva de la bondad, aún por encima de su monstruoso prontuario judicial.
Hay una paradoja con la palabra cinismo. Esta abolición de todo principio ético, esta degeneración moral, no se compadece con lo que significó el cinismo en la Grecia antigua, del siglo IV a.C.
La “escuela cínica” creada por Antístenes tuvo dos estrellas fulgurantes: Diógenes de Sinope e Hiparquia de Maronea, una de las primeras filósofas de la historia. Ambos, personajes brillantes sin lugar a dudas, que protagonizaron uno de los debates mas resonantes e inteligentes contra el idealismo de Platón, el discípulo de Sócrates. A los cínicos les parecía que la narrativa platónica era insoportable, insípida, mansa. Los cínicos creían en la confrontación como herramienta para la agitación del pensamiento. Es trascendental la pregunta incontrovertible de Diógenes sobre Platón: “¿para qué puede servir un filósofo que se pasa la vida entera en esa actividad, sin que nunca nadie, se sienta molesto…?”
Los cínicos de entonces explicaban sus ideas transgresoras con humor, con ironía. Eran capaces de burlarse del interlocutor para exacerbarlo, para hacerlo responder. Eran también dados a “hablar con el lenguaje del ejemplo”. La coherencia era su himno.
Fueron profundamente didácticos. La célebre linterna de Diógenes con la que buscaba “al hombre” a la luz del día, no era una charada. No estaba buscando a un hombre en particular. Buscaba al “hombre de Platón” ese hombre inmaculado, hecho virtud, que es apenas un concepto pero cuya existencia real es imposible. La linterna tiene el poder de descubrir con su luz cada individualidad, sus talentos, sus sombras, sus errores y sus aciertos. La linterna demuestra, por el contrario, que cada uno de nosotros es un ser diferente.
Pero esa batalla de las ideas era además un espectáculo de la inteligencia. La de Diógenes desde luego, pero también la de Platón. Este último está un día, allá en Atenas, hablando a un grupo de personas y suelta una afirmación que aún hoy es recordada. Dijo que el hombre era “un bípedo implume”. La respuesta de Diógenes no se hizo esperar. Días después se hizo presente en uno de sus encuentros y, con toda solemnidad, lanzó a los pies de Platón un pollo desplumado, afirmando que ese era “el hombre” del filósofo idealista. Platón, sin inmutarse, miró a Diógenes negando con la cabeza y agregando… “de uñas planas”.
La verdad es que la escuela cínica trasciende por la profundidad de los conceptos que fue capaz de desarrollar y de explicar con el ejemplo. La vida difícil, la austeridad, la ascesis, que no es lo mismo que el ascetismo. El dominio de sí mismo, el control, la purificación de los placeres. La banalidad del dinero, la fama, el poder, que desfiguran el auténtico significado de la vida. “El verdadero placer consiste en burlarse del placer”
Hiparquia de Maronea, que procedía de una familia acaudalada, renunció a todo al adoptar los principios y postulados de la “escuela cínica”, protagonizando con su pareja, el también filósofo cínico Crates, un ejercicio de coherencia existencial, de rebeldía y de lucidez francamente notables. Es fascinante su enfrentamiento con Teodoro “el ateo” quien, incapaz de rebatir un sofisma planteado por ella, le respondió arrancándole la tela que la cubría, suponiendo que, al exponerla desnuda, ella se iba a amedrentar mientras le preguntaba a los gritos si esa mujer que estaba ahí, había abandonado su telar. No lo logró. Ella, desnuda frente a todos, le respondió inmutable: “ ¿Es que te parece que he tomado una decisión equivocada sobre mí misma, al dedicar el tiempo que iba a gastar en el telar, en mi educación?”. Hiparquia de Maromea fue una mujer culta, erudita, emancipada, valiente, disruptiva, notable.
Los cínicos fueron mucho más lejos en el pensamiento, en la ética, en la construcción de la virtud, pero desde esas épocas remotas perdieron la batalla. Sus enemigos se encargaron de que solo quedara de ellos el recuerdo de sus obscenidades didácticas. Sí, fueron obscenos a fuerza de valentía y de un inmenso coraje. Esas dos fortalezas que hacen parte de las carencias patéticas que exhiben los cínicos actuales.
*Abogado





